El corsé cursivo

Norma y ortotipografía frente a oralidad en textos literarios

 

Se dice: no importa la palabra, sino su significado; y se piensa
en el significado como en una cosa de la índole de la palabra,
aunque diferente de la palabra. Aquí la palabra, ahí el significado.
Ludwig Wittgenstein[1]

He decidido enfrentarme a la norma a portagayola.

Escuchar a Pilar Godayol o a Xavier Pàmies hablando sobre subversión y traducción[2], y reflexionar después con otros maestros del oficio acaba dejándote un regomeyo de reivindicación (de la lógica, diría yo) a modo de úlcera que, de vez en cuando, te recuerda que está ahí.

Gracias a uno de los últimos encargos de corrección que he tenido, he podido comprobar lo que es la riqueza léxica del español coloquial y lo que supone enfrentarse a ella (o a la norma). El texto es una novela-ramillete de oralidad y sus personajes, una paleta de registros. Pero hete aquí que una estaba de servicio y la cursiva estaba mirándome desde los pies de página. Sabe que tiene una misión diacrítica: señalar «palabras o frases escritas intencionadamente mal, jergales o tomadas de los dialectos españoles»[3], además de marcar «localismos o formas peculiares del habla de ciertas regiones»[4].

Las instrucciones son claras, pero a veces dudo y me rebelo; y cuando eso pasa acabo por consultar en la Ortografía de la lengua española (en adelante, OLE). En ella se nos dice que vela por la unidad del idioma, siempre atenta a que la evolución necesaria de la lengua —«bajo el signo de la renovación y de la perfección» (OLE, XXXVII)— no acabe con su unidad esencial. Esta afirmación en la uniformidad y en la aparente globalización me lleva a preguntarme tres cosas. La primera, qué es y quién utiliza ese engendro llamado español estándar; la segunda, qué supone la perfección a la que aspira; por último, pienso en si ese «factor de unidad y contención frente a una evolución descontrolada del idioma» (OLE, XL) no coarta la natural evolución de la lengua y supone un intento de aplicación de la paradoja. Otro de los textos al que acudo a buscar respuestas es la Nueva gramática de la lengua española, la cual «se plantea como objetivos describir las construcciones gramaticales propias del español general, así como reflejar adecuadamente las variantes fónicas, morfológicas y sintácticas»[5]. ¿Pero no decía la OLE algo sobre unidad, uniformidad y recato?

Llegados a este punto, quiero recordar que lo coloquial, los dialectalismos o los vocablos empleados en diferentes cronolectos, jergas o argots no son sinónimos de error ni de barbarismo. Una cosa es escribir mal y otra muy distinta, tener un discurso propio; y en esta última entran, como es lógico, los idiolectos.

La intromisión en el terreno escrito de lo que está fuera de la norma se toma como una afrenta, como una subversión a lo académico. Si miramos en el Diccionario de la Real Academia Española, vemos que las acepciones cuarta y quinta de norma son:

  1. f. Ling. Conjunto de criterios lingüísticos que regulan el uso considerado correcto.
  2. f. Ling. Variante lingüística que se considera preferible por ser más culta.

Subversión en ambos sentidos: tanto en el referente a la insurrección lingüística como en la consideración de una versión de inferior calidad. Porque, un momento, ¿existe acaso la subversión por arriba? Si se castiga al rincón de lo pensar al personaje que dice: «Me he marchao de casa porque no aguanto a los viejos» o «He cogido un tasis porque estaba cayendo la de Dios», ¿por qué se salva del corsé cursivo la obscuridad y el hermetismo del discurso grandilocuente, pedante y exageradamente barroco —tan típico en español?[6]

Repito que no estoy hablando de errores de base, como una coma *[Sujeto , Verbo], no saber si v o b, o acentuar ti. Todos sabemos que el orden natural y lineal de los elementos sintácticos es [Sujeto + Verbo + Complementos] —y sí, aun sin ser conscientes de ello, esto lo sabemos todos, pues es una de las estructuras básicas gramaticales que adquirimos antes de aprender a hablar, una especie de MS-DOS lingüístico—. Esto lo sabemos todos, decía, y lo aceptamos como lo más conveniente para comunicarnos en muchas de nuestras conversaciones. Ahora bien, ¿quién dice «(Tú) Te has metido en menudo berenjenal»? ¿No suena más idiomático natural decir «En menudo berenjenal te has metido»? A esto me refiero: a la inclusión de la normalidad en lo escrito. Salvar el evidente abismo entre lo que se dice y cómo se ha de escribir aquello que se dice. Porque una cosa es el razonamiento y la norma, y otra, la realidad del hablante.

Sin entrar en cuestiones de estética y recepción textual —pese a creer que los correctores, como los traductores, deberíamos tener más en cuenta estas cuestiones mientras realizamos nuestro trabajo en textos literarios—, diré que la palabra es la esencia de lo físico (la imagen del sonido, parafraseando y traduciendo a Joan Navarro[7]). Por lo tanto, deberíamos interpretar lo que hay detrás de ese término antes de condenarlo al [Ctrl+K], o acabaremos dando la razón a Nietzsche cuando decía que las palabras nos esconden las cosas[8].

Esa vida que hay detrás de las palabras, el moll —la chicha, que diría yo en cualquier otro lugar que no fuera este escrito— es lo que se ha de mantener para que le llegue al lector. Si la misión del corrector es facilitar la lectura del texto, ¿por qué no mantenemos ese eco del original en lugar de meterlo en una camisa de fuerza? La función de los elementos orales de un texto es, precisamente, reforzar ese pacto de ficción y hacer creer que no se lee, sino que se vive aquello que se lee. Lo coloquial, lejos de empobrecer o corromper, aporta modelos nuevos a esa hipotética lengua estándar que busca la norma; más bien la enriquece y la amplia con futuros usos disfrazados de tímidos posibles. La introducción de lo coloquial sin remarques ortotipográficos no va reñido con el amor a la lengua, a lo bien escrito y a la obligación de buscar la palabra precisa.

En mi opinión, hay un elemento que se está pasando por alto y que resume, mejor que yo, todo este conflicto: el decoro o «virtud de las partes de encajar armónicamente en un todo»[10]. Es decir, si nuestro protagonista no habla al itálico modo, medio de lao y apretaíto, cuando dice «nos ha jodío mayo», ¿por qué habríamos de edulcorarlo y hacerle hablar en cursiva? Habrá quien opine que esto ayuda a que la conciencia del lector sepa que es un uso incorrecto. Ante esto, no dejo de preguntarme si de verdad al lector le llega ese mensaje o solo piensa qué hace una chica letra así en un sitio como este.

Corregir, como traducir, —y hablo ahora no solo de la traslación entre lenguas, sino también entre diferentes realidades lingüísticas de un mismo idioma (misión de correctores)— es ser hermeneuta, intérprete y protector de lo que hay más allá de la palabra para que nos llegue con la mayor claridad posible. Amplío las palabras de Hélène Cixous citadas por la profesora Godayol al final de su ponencia: corregir, como traducir, es aceptar no devorar al otro[11].


[1] Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas. Barcelona: Crítica, 1988, p. 120.
[2] XXIII Seminari sobre la traducció a Catalunya: Subversors de l’estàndard: Quell merdé hurrible de la traducció. 7 març 2015.AELC- Ateneu Barcelonès.
[3] José Martínez de Sousa. Manual de estilo de la lengua española. Gijón: Trea, 2012, §12.1.
[4] Jorge de Buen. Manual de estilo editorial. Gijón: Trea, 2008, p.452.
[5] «Nueva Gramática. Morfología y sintaxis» en (http://www.rae.es/obras-academicas/gramatica/nueva-gramatica/nueva-gramatica-morfologia-y-sintaxis#sthash.z1QlmzmK.dpuf) (10/03/2005).
[6] Esta lucha contra la obscuritas ya la encontramos en los tratados de retórica en la Antigüedad clásica. Ejemplos más cercanos, en pro de una elocutuio – perspicuitas transparente y sencilla, los encontramos en el siglo XVI español señalando los malos vicios herméticos del gongorismo.
[7] Joan Navarro. «Transvasar, reescriure, subvertir: L’espill que es trenca» en Actas del XX Seminari sobre la Traducció a Cataluny: la traducció de la poesía. Barcelona: AELC, 2012, pp.49-58.
[8] Friedrich Nietzsche. Sobre verdad y mentira en el sentido extramoral. Madrid: Editorial Tecnos, 1990.
[9] Enric Casas. «La qüestió de la traducció de poesia» en Actas del XX Seminari sobre la Traducció a Catalunya: la traducció de la poesía. Barcelona: AELC, 2012, pp.37-47.
[10] Heinrich Lausberg, Manual de retórica literaria. Fundamentos de una ciencia de la literatura. Madrid: Gredos, 1980. Vol. II, p. 374.
[11] Referencia a la entrevista que La Vanguardia realizó a Hélène Cixous (http://registrousuarios.lavanguardia.com/premium/54411387376/index.html) (recuperado el 10/03/2015).
Anuncios

Un comentario en “El corsé cursivo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s