Corrector frente a censor: matices, connotaciones y pragmática

Tengo la mano rota de intentar explicar a qué me dedico. Qué significa ser corrector, qué hace, con qué trabaja. Por supuesto, siempre se acaba la discusión aclarando que un corrector no es el equivalente humano a un software y tampoco tiene parecido alguno con un censor: ni somos Torquemada ni «grammarnazis» ni una pandilla de criticones metalingüísticos.

Este país es este país y sus circunstancias. Entiendo la confusión de términos, conceptos e incluso de realidades que supone desconocer el significado básico de palabras como «corrector» o «censor»; y más en un momento en el que predominan la inmediatez, el lenguaje y la cultura digital, y se juega al fútbol con la Gramática y el Diccionario. Para no deprimirnos más, no hablaré tampoco del saco roto en que han caído las tres correcciones necesarias para que un texto pueda considerarse «estilística y ortotipográficamente publicable».
Una lo entiende, porque además de «ser correctora» (o eterna aprendiz de) es doctoranda, traductora, ama de casa, voluntaria en equipos de paliativos y cocinera gourmet. Pero tendemos a la identificación con nuestra profesión, como si nuestra identidad solo y siempre fuese una, única y la misma. Por ello, pienso bastante sobre qué es corregir, por qué se confunde con la censura o con una labor inquisitorial. Por qué, en lugar de un epígrafe en Hacienda o un trabajo-remunerado-como-Dios-manda, sigue siendo algo denostado, castigado y repelente.

En estas andaba cuando di con un magnífico artículo de Mario Grande:

«Si aceptamos que censurar es imponer supresiones o cambios en el texto, la nómina de traducciones censuradas es larga, y su tipología, diversa».

Con estas palabras abría el autor su reflexión[1] para el Trujamán, el pasado 28 de noviembre. Ejemplifica, a lo largo de su escrito, el daño que el ejercicio censor ha hecho a la literatura y a la historia de esta, debido al pilar que el llamado «canon literario» tiene en él. No vengo yo a negarlo, sino más bien a sacarle punta al lápiz. ¿«Censurar es únicamente imponer supresiones o cambios en el texto»? Ya que hablamos de modificaciones textuales, ¿qué sería entonces un corrector? ¿Nos queda algún espacio libre o, al menos, un distanciamiento respecto de esa otra figura? La respuesta es sí. Asimismo, creo que Mario Grande utiliza a la perfección un término que separa ambas realidades profesionales y demuestra que las connotaciones o matices son importantes a la hora de (re)definir. Especialmente, si queremos que cada cual ocupe su merecido puesto dentro de las etiquetas de oficios y profesiones, y, sobre todo, que el gran público —a.k.a. futuros clientes— no los confundan.

Veamos qué nos dice el DRAE. En la segunda acepción de censurar, aquella que acoge como sinónimo el verbo corregir, se habla de reprobar, de dar por malo. La inclusión de este adjetivo de valor negativo señala: [una] intervención […] en el contenido o en la forma de una obra atendiendo a razones ideológicas, morales o políticas.
Pasamos, ahora, a la definición de corregir: enmendar lo errado. Y lo que yerra puede estar muy equivocado, muy desacertado. Ahora bien, no tiene por obligación una naturaleza nociva, ilógica, inmoral; calificativos, todos ellos, incluidos en las más de diez acepciones del término malo.

Vamos más allá. El ejercicio de la corrección tiene como objeto de trabajo la eliminación de errores (conceptos equivocados) y erratas (equivocaciones materiales cometidas en lo impreso o manuscrito). ¿Qué trabaja, sin embargo, un censor? Las ideas. El imaginario. La propuesta, llegado el caso, de modificar o prohibir todo tipo de publicaciones. No olvidemos el vínculo que, en países como el nuestro, tuvo este papel con un régimen político totalitarista.

Vuelvo al artículo de Grande:

«Aminata Traoré, exministra de Cultura de Mali, acuñó el término “violación del imaginario” para el fenómeno colonial cuya resultante es “la imagen de uno y de su lugar en el mundo construida conforme a deseos y discursos ajenos”».

Y es aquí donde, a mi entender, está la gran diferencia entre censor y corrector; entre censurar y corregir. Durante el proceso de corrección de un texto no se prohíbe, no se juzga, no se reprocha; ni se recrimina ni se desaprueba ni se amonesta; tampoco se sermonea y, mucho menos, se regaña. Toda esta sarta de sinónimos de censurar deja entrever la necesaria y obligatoria adecuación ideológica, la forzosa coincidencia de un todos en el gusto propio del Uno. Por no hablar de su clasificación semántica: verbos de necesidad subjetiva y prohibición[2] (vedar o impedir el uso o ejecución de algo). Censurar es ese imponer que Grande utiliza en su definición y que casi pasa desaparecido entre esos cambios y supresiones. El corrector sí tacha, borra, rectifica; retoca, origin_546901054enmienda y reforma. También verbos de necesidad subjetiva, pero de voluntad: se restaura el texto eliminando imperfecciones, como la madera que se termina de pulir en manos de un artesano.

Como dice la foto, «la censura causa ceguera» al que ya nunca leerá lo eliminado. La corrección, muy al contrario, facilita la lectura y esta abre los ojos y la cabeza al lector.

Habrá quien vea aquí un porrón de eufemismos y puede que hasta un escudo en la pragmática de la lengua. Pero habrá, espero, quien distinga dos realidades profesionales —y semánticas— muy distintas. Esta diferenciación, además de posicionar, ayudará a la definición de la profesión en la actualidad frente a otras que quieren simular parentesco —como esta del censor— u otras afines que vendrán o están llegando, como los asesores lingüísticos. Quizá todo esté en los matices desde los que desempeña el oficio, en los rasgos definitorios de un carácter.


[1]« Traducción y censura. Modalidades» en El Trujamán, Revista diaria de traducción, 28/11/2014. Disponible en: http://cvc.cervantes.es/trujaman/anteriores/noviembre_14/28112014.htm
[2] María Marta García Negroni, El arte de escribir bien en español. Manual de corrección de estilo. Edicial, 2001,p. 205.
*Las cursivas pertenecen a citas directas del Diccionario de la Real Academia Española (online).

photo credit: net_efekt via photopin cc
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